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EL JOVEN AL ENCUENTRO DE CRISTOEL JOVEN AL ENCUENTRO DE CRISTO
FRAY LUIS DANIEL MEDINA VILLAMIL
AGUSTINO RECOLETO El hombre de fe se enfrenta a una situación compleja de carácter social más que religioso ; hoy se viven parámetros extremistas, pues de la masa grupal que profesa un credo pero que vive un fideísmo, se ha pasado al individualismo con un peligroso matiz: una especie de agnosticismo; con un trágico desenlace de destrucción progresiva del sentido de solidaridad y la permanente sensación de crear islas humanas.
Nos encontramos con una juventud que presenta un común denominador: una crisis de normas , que se extiende desde el núcleo familiar y se prolonga a las distintas instituciones donde el joven se desenvuelve; esta crisis le ocasiona un conflicto interno de rechazo progresivo a todas las figuras de autoridad, optando por una salida poco favorable la laxitud moral y el relativismo ético.
El origen del conflicto se suscita en el umbral de la niñez y comienzo de la adolescencia , tiene como punto de partida la fragmentación de las relaciones familiares y el progresivo deterioro de la comunicación, con lo cual se generan espacios de soledad y ansiedad del joven que busca canalizar sus tendencias a fin de encontrar un patrón de conducta definida que imitar.
Ante este caos de la juventud, se presentan situaciones de riesgo ya a nivel extremo: la facilidad de caer en ocasiones límites, alienantes y despersonalizantes como son el aislamiento, la dependencia de psicotrópicos, la pertenencia a grupos delincuenciales y sectas que reemplazan la estructura familiar, pero destruyen progresivamente al individuo.
En otro sector se encuentra el joven rebelde que simplemente busca un estilo de vida definido, rompe en algunos casos con los patrones normales de comportamiento, desea independencia, explorar el mundo, experimentar y vivir nuevos retos que seguramente ve como imposibles en su familia. En este ámbito el individuo no es más que “un rebelde sin causa”, busca por todos los medios darse a conocer y ser aceptado desde su condición de reaccionario a nivel familiar y social.
La vivencia religiosa no se escapa de la crisis juvenil, el joven inicia un combate con Dios, no porque lo rechace, sino porque interiormente está en guerra consigo mismo y contra todo tipo de estructura normativa. No acepta al Dios que le mostraron en su hogar porque no lo evidencia en la praxis familiar y menos en su historia personal; como tampoco es capaz de asumir al Dios justiciero que le predican, se forma una imagen distorsionada de Dios, que en la mayoría de los casos refleja sus propias carencias y es lo que en definitiva no acepta.
La Iglesia en su reflexión nunca ha sido ajena a esta situación; el magisterio es explícito en señalar la preponderancia de adoptar una actitud de diálogo con los jóvenes y por ende la de mantener una actitud acogedora hacia la juventud
Algunos jóvenes se acercan a la Iglesia no porque dentro de su espíritu de bautizados y confirmados inquieran un mayor compromiso vivencial de su fe, sino como un refugio y una salida para escapar de la tensa y asfixiante realidad familiar. Otros buscan salidas al margen de lo espiritual y de la estructura eclesial, como lo vemos comúnmente en los jóvenes que están sumidos en la droga, el alcohol, el sexo, entre otras.
Esto se debe a que “muchos jóvenes son víctimas del empobrecimiento y de la manipulación social, de la falta de empleo y del subempleo, de una educación que no responde a las exigencias de su vida, del narcotráfico, de la guerrilla, de las pandillas, de la prostitución, del alcoholismo, de abusos sexuales, muchos viven adormecidos por la propaganda de los medios de comunicación social y alienados por imposiciones culturales, y por el pragmatismo inmediatista que ha generado nuevos problemas en la “maduración” afectiva de los adolescentes y de los jóvenes”
“La juventud no es sólo un grupo de personas de edad cronológica. Es también una actitud frente la vida, en una etapa no definitiva sino transitiva” , desde esta perspectiva de maduración se halla una concatenación entre la juventud y el Pueblo de Israel, un pueblo que en sus primeros años tomaba todas aquellas enseñanzas y consejos que Dios le daba por mediación de los patriarcas, jueces y profetas, depositando su fe en un sólo Dios que hace alianza de salvación, un Dios del cual siempre sintieron su presencia, el Dios que se revela en la historia y es transmitido por tradición oral a todo el pueblo.
El desarrollo histórico de Israel tiene altibajos pero Dios está presente y atento a la invocación de su pueblo, sin embargo, cuando atraviesa por tiempos de vicisitudes fuertes: el paso por el destierro y la destrucción del Templo, su fe, el sentido de su existencia comienza a flaquear y en esta crisis de identidad, (pues, ya no tienen Templo, por ende ya no hay sacrificios; ya no poseen la tierra), se siente en un conflicto que le lleva a rechazar a Dios e ir al encuentro de otros dioses dónde depositar la fe.
Así mismo, el joven con una referencia trascendental, en medio de su proceso de madurez se topa con una realidad que le muestra nuevos retos y desafíos; encontrándose en una etapa de maduración en la que ya no es niño, pero tampoco es adulto y con el propósito de poder situarse en algún rol social entra en una búsqueda de independencia y libertad en ocasiones mal entendidas y bajo el título de originalidad, el resultado es ir en contra de todo.
Jesús en la sociedad de hoy hace vigentes las palabras del anciano Simeón, Jesucristo es luz que alumbra la humanidad (Cf. Lc 2,32) y signo de contradicción (Cf. Lc 2,34) , quizá desde esta óptica los jóvenes se mueven a acudir a la Iglesia, ya que ven en Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, que es Dios mismo, una imagen paradigmática, puesto que predicó la Verdad y convulsionó a la sociedad de su época en pro de la instauración del Reino de Dios, pero lamentablemente esa visión se ve distorsionada por la idea de un líder, reducido únicamente al ámbito político y revolucionario en quien pueden encontrar respaldo y comprensión. La Iglesia, no sólo como institución, sino como comunidad de bautizados, debe esforzarse por alcanzar un conocimiento de la realidad socio-religiosa de la juventud y los jóvenes convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles de los mismos jóvenes, ejerciendo el apostolado personal entre sus propios compañeros, mostrando a través del testimonio experiencial, que es posible asumir un estilo diferente a lo convencional presentado por el mundo.
Sólo un joven es capaz de arrastrar a otro a enfrentar un nuevo paradigma que implica necesariamente romper con una estructura inmanente y enfrentarlo progresivamente a la puesta en escena de valores trascendentes, ante lo cual generalmente el joven manifiesta un ahogo existencial cuando al fin un congénere le demuestra que es posible la libertad y autonomía auténtica desde la fe; aunque esto implique estar en contra vía de un mundo superficial y fatuo.
Con el auge del secularismo , y lo que hoy se denomina la salida de la religión del mundo, también se podría hablar de la salida de la religión del mundo del joven. Las ciencias han invadido los medios de comunicación y la tecnología ha eclipsado progresivamente el lenguaje metafísico y lo ha reemplazado por tecnicismos; generando un ambiente “cibernáutico”, donde en fracciones de segundo los adolescentes pueden disponer de un arsenal de información masiva que les habla del mundo y sus progresos, pero que les roba la posibilidad de interactuar con otras personas, de conocerse a sí mismos, generándose una vaciedad en su universo emotivo.
Ante esta situación en que los medios de comunicación han generado en la juventud un espíritu de facilismo, de inmediatez y superficialidad. Es ardua la tarea que debe emprender la Iglesia para mostrar la necesidad de una simbología que lleve a cuestionamientos más profundos y la presentación de un rostro de Cristo acogedor y fresco que invite a salir del sin sentido y a buscar el sentido último y una valoración adecuada de la vida que se emprende.
La Iglesia debe aprovechar el acercamiento de los jóvenes para matizar sus intenciones y a imitación de Pablo en el areópago, quien evangelizó desde la realidad de un “Dios desconocido”, así mismo ayudarles a encontrar sentido a su existencia desde Cristo quien nos hace verdaderamente libres y no por una libertad que raya con el libertinaje, sino la que les hace servidores en el amor (Cf. Gal. 5, 13 – 15).
De esta manera se recurre a hablarles de ese Dios que les ama como auténtico amigo y borrar las ideas equívocas que les ha impuesto la sociedad. Dios está más allá de las estructuras pues el cristianismo no es una institución, sino vida, es la experiencia de quienes siguiendo a cristo obtienen una directa comunicación con Dios dentro de la comunidad de bautizados; los jóvenes como bautizados también forman parte vital del Cuerpo de Cristo, del Pueblo de Dios y así lo vislumbramos en los escritos veterotestamentarios.
José, hijo de Jacob, era un joven de diecisiete años (Gn. 37,2), quien es figura de ministro asistido por Dios y por el cual Dios va ejerciendo su acción en la historia humana. Samuel fue atraído por Dios desde una edad temprana; en su triple llamado se ilustra en cierto modo de desorientación e incertidumbre al recurrir a Elí y no tener clara la Voz de quien le llama, pues es la misma Palabra de Dios quien le atrae a hacer cosas nuevas y a servir de manera exclusiva a Dios (1Sm 3, 1-21).
Dentro de la vocación de los profetas, encontramos a Jeremías quien le contesta al Señor con las siguientes palabras: “¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho” (Jer. 1, 6) pero esto no es problema para el Señor y éste le conforta: “No tengas miedo que yo estoy contigo para librarte” (Jer. 1, 8).
El joven debe crecer en la fe, fructificando toda obra buena y creciendo en la caridad, y este proceso debe llevarlo a cabo dentro de la Iglesia de la cual hace parte como piedra viva .
Finalmente, queda recordar que los jóvenes, presente de nuestra Iglesia, deben ser tratados como hermanos (1Tim. 5,1); ser sujetos de la enseñanza del misterio de Cristo, en la dimensión humana, los principios cristianos y morales; exhortarles a no tener miedo, y que procuren ser modelo de los creyentes en la palabra, la conducta, el amor, la fe y la pureza con su testimonio de vida, como resultado del encuentro con Cristo resucitado (1Tim. 4, 12).
Bibliografía
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• HUISMAN, Denis, Enciclopedia de la Psicología. Psicoanálisis y psicología médica. Plaza y Janes, S.A., Barcelona 1978
• SECRETARIADO GENERAL DEL CELAM, Medellín, Conclusiones. CELAM, Bogotá 1994
• SECRETARIADO GENERAL DEL CELAM, Santo Domingo, Conclusiones. CELAM, Bogotá 1994
• SECRETARIADO GENERAL DEL CELAM, Puebla, Conclusiones. CELAM, Bogotá 1994
• WOJTYLA, Karol, Signo de Contradicción. BAC, Madrid 1979
• PARRA, Alberto, Textos, contextos y pretextos. Universidad Javeriana, Bogotá 2005
• LEÓN-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica. Herder, Barcelona 1990
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