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LOS JÓVENES EN LA TAREA MISIONERA DE LA IGLESIALOS JÓVENES EN LA TAREA MISIONERA DE LA IGLESIA
Fray Luis Daniel Medina Villamil, Oar
Hace ya muchísimos años se cumplió una profecía que hablaba de la venida del Hijo de Dios al mundo para redimirle y salvarle, profecía que se reveló en la Encarnación de Jesús de Nazareth; un hombre que se la pasó haciendo el bien, predicando el amor y la justicia con una profunda predilección por los pobres y necesitados, por los que en aquel tiempo eran excluidos de la sociedad, los pecadores; sin embargo, fue acusado de blasfemia y muerto en la Cruz como un malhechor, pero pronto comenzó a correr el rumor de su Resurrección, la tumba estaba vacía y desde el instante que las mujeres y los discípulos tuvieron el encuentro con el resucitado, comenzaron con la fuerza del Espíritu a
Esta breve y escueta remembranza del acontecimiento pascual, nos ilustra cómo la comunidad cristiana, es decir, la Iglesia, es misionera por naturaleza por el mandato recibido y asumido a partir de la experiencia con el resucitado quien les envía a enseñar a todas las gentes y hasta los confines de la tierra.
El mandato misionero, cobija a toda la Iglesia, entendiendo por ésta, el Pueblo de Dios que contiene riquezas inagotables, el conjunto de todos los bautizados que cumplen dentro de la institución eclesial una determinada función, según a cada uno le corresponde.
Dentro de este conjunto se encuentran los laicos, es el término que usamos para designar a los cristianos que no están consagrados a Dios por medio de los consejos evangélicos perteneciendo a una congregación religiosa, ni tampoco tienen ninguna orden sagrada.
Dentro de los laicos hay un grupo significativamente mayoritario y son los jóvenes , personas que en su desarrollo humano, “abandonan objetivos demasiado idealizados y se definen por metas más específicas y concretas”; que están en la etapa “de un descubrimiento del propio proyecto de vida”.
La Iglesia, “ha confiado en los jóvenes la invitación a proclamar con valentía el Evangelio y ser constructores intrépidos de la civilización de la verdad, del amor y de la paz” , les exhorto a vincular dentro de su propio proyecto de vida el mandato misionero, pone en sus manos la misión de evangelizar, de transformar la violencia en amor y la muerte en vida como punto de partida para las demás transformaciones.
Desde la realidad juvenil podemos vislumbrar, groso modo dos categorías: aquellos que son rebeldes porque se encuentran en una crisis de normas , reflejada en un rechazo a toda figura de autoridad y por otro lado los jóvenes con una referencia trascendental, quienes en medio de su proceso de madurez se encuentran con una realidad que les muestra nuevos retos y desafíos.
Tanto los primeros como los segundos, como bautizados son laicos y necesitan ser evangelizados, la iglesia no ignora su realidad y se preocupa por entablar un diálogo con los jóvenes, manteniendo una actitud acogedora , sin embargo, nuestro tema versa sobre aquellos jóvenes que asumen su identidad de Iglesia y como laicos tienen la responsabilidad de misionar desde su propio estilo de vida.
Hemos abordado el joven como laico, luego, responsable de la misión de la Iglesia; pero, ahora ¿qué entendemos por misión? “para el Concilio Vaticano II, la misión de la Iglesia consiste en propagar el Reino de Dios, haciendo a todos los hombres partícipes de la redención y ordenando todo el mundo hacia Cristo”, tarea que ejerce por medio de todos sus miembros de distintas formas.
Los jóvenes en su insaciable búsqueda de la verdad, por medio de la evangelización y catequesis de los pastores de la Iglesia, e incluso algunos laicos, comienzan el camino de encuentro personal con el Señor, el cual les lleva a una metanoía de su existencia y comienzan a adherirse al plan misional evangelizador, pues como los primeros discípulos, es inevitable encontrarse con Cristo y no anunciarlo.
“El mandato de Cristo de evangelizar a todo el mundo impuso, ya desde el principio, el derecho a misionar y la obligación a eso mismo”.
El derecho y deber de los jóvenes laicos a tomar parte en la labor misionera de la Iglesia se fundamenta en su bautismo y confirmación, que les participa la triple función de Jesucristo (sacerdotal, profética y real), convirtiéndolos en agentes activos de la naturaleza misionera de la Iglesia. Por esta razón Juan Pablo II decía: “Los jóvenes no deben considerarse simplemente como objeto de la solicitud
pastoral de la Iglesia, sino que son y deben ser, sujetos activos, protagonistas de la Evangelización y artífices de la renovación social”.
Aunque el laicado presente en algunos sectores de la Iglesia, no sea lo suficientemente maduro para asumir la responsabilidad de su misión en el mundo y en la Iglesia, hay movimientos muy fuertes y con bases sólidas de jóvenes y personas mayores que entendiendo su papel de misioneros, se lanzan a la aventura de inserir en resguardos y lugares apartados donde no llega el anuncio del Evangelio, y ellos convencidos del mensaje de Cristo lo llevan a todas las gentes, pues se sienten enviados por el Señor y confían, además en la presencia del Espíritu Santo y de Cristo en su ardua tarea misionera.
La misión propia de los jóvenes es ser los hombres y mujeres responsables e influyentes en las estructuras sociales, culturales y eclesiales, para que con la asistencia e iluminación del Espíritu, unida a su creatividad, ingenio y originalidad alcancen respuestas acertadas al crecimiento humano y espiritual de todo cristiano y no cristiano en la sociedad ayudando en la instauración del Reino.
“La Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva evangelización, hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús, hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a los demás”.
Toda experiencia misionera sana, debe basarse y nacer de un verdadero encuentro con Dios – Amor, manifestado en el misterio de la encarnación – pasión – muerte y resurrección de Jesucristo, quien nos llama y nos envía a ser testigos suyos. “La misión es la finalidad de toda vocación”, la vocación es más amplia que la misión, pues ésta es consecuencia de llamado del Señor y el éxito de todo encuentro y experiencia cristiana, es la misión – el anuncio de esa experiencia. Los jóvenes deben estar en constante contacto con el Señor por la oración y la meditación de su Palabra, pues allí está el secreto de la misión, en permanecer en el amor del Señor, (Jn 15,9)
No hay que olvidar que los jóvenes como bautizados, también forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, del Pueblo de Dios y así lo vislumbramos en los escritos veterotestamentarios.
José, hijo de Jacob era un joven de 17 años (Gn 37,2), quien es figura de ministro asistido por Dios y por el cual Dios va ejerciendo su acción en la historia humana. Samuel fue atraído por Dios desde una edad temprana; en su triple llamado un poco confuso, pues no tiene clara la voz de quien le llama, pero es la misma Palabra de Dios quien le atrae a hacer cosas nuevas y a servir de manera exclusiva a Dios (1S 3,1-21), de esta manera Samuel fue juez, vidente, profeta y sacerdote.
Dentro de la misión de los profetas encontramos a Jeremías quien le contesta al Señor: ¡Ay, Señor mío! Mira que no se hablar, que soy un muchacho (Jer 1,6), pero esto no es problema para el Señor y por eso le responde: “No tengas miedo que yo estoy contigo para librarte” (Jer 1,8).El joven debe crecer en la fe, ser evangelizado fructificando toda obra buena y creciendo en la caridad, este proceso debe llevarlo en y desde la Iglesia de la cual hace parte como piedra viva , llamado y enviado a la misión. Los jóvenes en la tarea misionera de la Iglesia, tienen un puesto importante, en cuanto parte de la misma Iglesia por el Bautismo, ellos como todos los laicos tienen dos maneras de ejercer su papel misionero, uno desde su propio contexto en el que se desenvuelve: el colegio, la universidad, el trabajo y en su familia, la otra manera es salir de su propio territorio e ir a lugares inhóspitos a llevar el mensaje de la Buena Nueva, donde aún no conocen a Cristo.
Para que los jóvenes puedan desempeñar esta labor, quienes están encargados deben facilitar los modos y formas para que ellos sean evangelizados, dándoles la oportunidad con un acompañamiento especial de encontrarse con el resucitado, puesto que del encuentro personal con el Señor Jesús, nace en el interior del hombre un deseo inexplicable e insaciable de continuar conociéndole y a esto lo podemos llamar: seguimiento – discipulado, además este proceso no es movido por un sentimiento meramente egoísta, sino que lleva a una auto trascendencia, así como lo hace el hombre que encuentra su oveja y la mujer que encuentra su moneda, cada uno en la alegría de este encuentro, participa a sus amigos la experiencia que transforma la existencia.
La misión es mostrar por el testimonio y la Palabra el anuncio de un verdadero encuentro con el Señor, pero para eso debe existir un profundo convencimiento que no se da sólo del interior y fuera del hombre, sino que son acción del Espíritu de Cristo resucitado.
1 Cf. Concilio Vaticano II: “Lumen Gentium” No. 17. Paulinas. Bogotá. 1987. Pág. 31
2 Cf. Enciclopedia Ilustrada Espasa Calpe Editores. T. XXIX pág.325 3 JUAN PABLO II. Exhortación Apostólica “Christifideles Laici” No. 46. Paulinas 2001. pág. 115 4 MARTINEZ, José Luis. “viviendo en comunidad”. San pablo. Bogotá. 1998. Pág. 28.
5 Christifideles Laici. No. 46. Pág. 116. 6 BENEDICTO XVI. “La revolución de Dios”. San Pablo. Bogotá. 2006. Pág. 6. 7 Cf. Ibid. Pág. 84 8 Cf. GARRIDO, Javier. “El conflicto con Dios hoy”. Sal Térrea. Santander. 2000. Pág. 52. 9 Cf. Secretariado General del CELAM. “Medellín” No. 13. CELAM. Bogotá. 2001. Pág. 145 10 PEDROSA, Vicente, dir. “Diccionario de Pastoral y Evangelización”. Ed. Monte Carmelo. 2001. Pág. 71 17 Cf. Santo Domingo. No. 111. Pág. 659.
18 “La revolución de Dios”. Pág. 34. 19 MASSERONI, Enrico. “Maestro ¿dónde vives? San Pablo. 1993. Pág. 172. 20 Cf. Sínodo de los Obispos. “vocación y misión de los laicos en la Iglesia en el mundo veinte años después del Concilio Vaticano II. 1987. Pág. 19. 21 Cf. Maestro ¿dónde vives? Pág. 173. 22 Cf. La revolución de Dios. Pág. 69. 23 Cf. LEON – DUFOUR, Javier. “Vocabulario de Teología Bíblica”. Herder Barcelona. 1990. Pág. 200.
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